martes, 30 de diciembre de 2014

Perdón. (Único capítulo)

-Soy Carina- me presenté.
Estaba en la sala de espera, en la zona de oncología, en la clínica. Como siempre, mi rutina, hace unos seis años, cuando me informaron que Paula, mi hija, padecía cáncer. Recuerdo que en aquel momento, pensé que me moría. Mi marido, había muerto por la misma razón y los médicos, cuando les pregunté, me aseguraron que no era genético, que mi hija no iba a pasar por lo mismo. Sin embargo, acá estoy. Mi pequeña, con 16 años, tenía cáncer. Un cáncer que no sólo estaba acabando con su corta vida, sino también con la mía.
Al principio, envidiaba a la gente, a los padres que podían ver crecer sanos y fuertes a sus hijos, no sé, llegué a verlos con bronca. Qué ilusa, comos si eso, cambiara en algo el cáncer de Pauli. 
Con el paso de los años, comprendí que ellos no tenían la culpa, aunque aún no entiendo por qué, por qué a ella, y creo que no lo voy a entender nunca.

-Soy Sebastián- me contestó.
-Difícil, ¿no?- me entrometo.
-¿Estar acá?- pregunta, levantando su ceja derecha.
-Sí- respondo casi para mí.
-Al comienzo es duro, luego te acostumbras, no queda otra- dice tranquilo.
-Papá, dice Mecha que ya está- le informa, una niña entrando a la sala.
-¿Mecha es la nueva enfermera?- pregunta él.
-La nueva oncóloga- lo miro obvia. ¿Qué clase de padre es?
-Vivi no me informó nada- dice confundido.
-Mamá ya estoy- dice Pau, saliendo del consultorio.
-Un consejo, la próxima tratá de averiguar quien va a tocar a tu hija, no quiero parecer metida, pero estaría bueno, que aunque seas la conozcas primero- digo sin poder cerrar mi enorme boca.
-Gracias. Pero Mecha no me va a tocar a mí- responde la nena- Soy Victoria, su hija, y lo vine a acompañar a papá- dice sonriendo.
-Leucemia, hace ocho años- dice estirando su brazo, ante mí.
-Agh- logro enunciar. Ríe y se marcha con su hija.

Nos seguimos viendo, las próximas semanas. Tenía algo especial, un no sé qué. Siempre estaba para hacerme reír, mis sonrisas más sinceras, fueron gracias a él. Era increíble, un gran hombre, una linda persona. Tenía ángel, tenía tanto amor para dar, tanto, que emocionaba.

-Te invito a comer a casa- dijo, mientras esperaba a Pauli.
-No sé, es conocer a tu familia. Moriría de vergüenza, te juro- dije roja.
-Ay, Carina, mis nenes son unos ángeles- y si se parecen a vos, pensé.
-Bueno, acepto, dale- reímos.

Sábado por la noche, él me mandó la dirección, por mensaje. 
Remerita ajustada, jean oscuro, camperita de cuero suela y botitas del mismo color. Mientras que Paula, optó, un short, un buzo deportivo y zapatillas dc. Bien adolescente, look que no compartía, pero que aceptaba. Era mi princesa.
Llegamos al lugar. Sebastian vivía en un country, llegando a San Isidro. Cuando hablamos, él me comentó que era soltero, padre solo. Y que tenía una familia grande. 
En cambio, nosotras éramos dos. Y Victoria, su hija, siempre me decía que necesitaba una mamá, indirecta muy directa, claro.

-Hola, Soy Agustina- me dijo una adolescente, abriendo la puerta.
-Hola, soy Carina y ella, mi hija, Paula- le informé.
-Sí sí, pasen- dijo amable.

Siete hijos tenía, siete. Cinco mujeres y dos varones. Gonzalo de 17, Agustina de 16, Olivia de 13, Valentina y Victoria, mellizas de 10, Román de siete y la pequeña Carolina, de seis. Una familia grande, muy grande.
Risas, charlas, amistades, una cena espectacular. 
Sebastian me hacía bien, no había dudas. 
Las charlas en la sala de espera, las invitaciones a cenar, las salidas con nuestros hijos, siguieron. Me acompañó en todo momento, fue mi sostén emocional, mi pared. 
Al cabo de dos años, Paula superó el cáncer. Sin embargo, él no. Pero estaba bien, estable. 
Comenzamos a salir, hasta que me propuso ser su novia, todo marchaba bien, lo amaba. 

-Quiero que te cases conmigo, ¿queres ser mi esposa?- preguntó.
Dudé, hasta que vi el brillo de sus ojos- Claro, amor- respondí con nuestros hijos de testigos.
Vestido, salón, flores, ropa de los chicos, catering, fotos, souvenirs, centros de mesas...
Y ahí comenzó todo. Mis dudas, mis miedos. Y simplemente no pude. Huí, eso hago cuando me asusto.
Perdóname, pero no puedo. Ya pasé por ésto una vez, mi marido murió de cáncer y yo crei morir con él, cuando al fin logré recuperarme, al menos un poco, pasó lo de Pauli y simplemente yo no puedo. Perdóname, Sebas, lo siento muchísimo, de verdad. Yo no puedo volver a pasar por lo mismo, ni tampoco puedo ser tu enfermera, simplemente no. Espero que algún día logres entenderme, yo sé que va a ser difícil, lo sé, pero te conozco. Sos un gran hombre. Gracias por estar para mí siempre. Carina.

Después de huir, me instalé en España, junto a Paula, quien a los dos meses, se volvió a Buenos Aires, demás está decir que nunca me lo perdonó. Y debo admitir que yo tampoco.


(Buenos Aires, año 2015, cuatro años más tarde)
Iba caminando por el shopping, cuando me choco con alguien.

-Valen, estás bien?- pregunta una chica detrás de mí.
-Ay, sí, discúlpeme- responde y añade la chica, con la que tropecé.
-Mellis, son ustedes?- pregunto al borde de las lágrimas.
-Carina- pronuncian atónitas. 
-Chicas dale, que Sebas nos está esperando- pronuncia alguien que yo reconocería en donde sea.
-¿Paula?- me atrevo a preguntar.
-¿Mamá qué estás haciendo acá?
-Comprando- atino a contestar.
-Será mejor, que regreses a España, o como mínimo, que no te acerques a la familia Estevanez- dice con cierta prudencia, para no generar escándalo.
-Perdón- pronuncio, pero ellas ya se han marchado.

Y desde entonces, me radiqué en España. Decidí no volver, se merecen una buena vida, alguien que se haga cargo de su familia, que los proteja y quiera, no a mí.

Flashback

-Sebas, yo sé que pasaron muchos años, pero necesito pedirte perdón- le digo.
-Yo te entiendo, entendí la carta, solo que no comparto tus métodos. Me dejaste plantado en el altar, Carina, era más fácil, decir no, desde el comienzo. Con qué propósito aceptaste? Nos ilusionaste al pedo- dice algo dolido.
-Perdoname- repito, esta vez, suplicandoselo.
-Es que una vez que ya lastimaste, un perdón no alcanza, no a mí. Me decís perdón y? El daño ya está, es así. Una palabra no me va a sanar. Vuelvo a repetirte, yo entendí en ese momento y aún hoy, entiendo tus razones, pero no me pidas perdón, porque aunque lo intente, no. No puedo perdonarte, no te perdono, Carina, no puedo- concluye.
-Entiendo. Y lamento con el alma, el daño que les hice- digo tocando su brazo.
-Lo sé- dice abrazándome- espero que seas feliz.
-Vos también Sebas, te lo mereces más que nadie- digo, para luego marcharme.  

Y esa fue la última vez que lo vi. 
Aún hoy, a la distancia, sigo pidiéndole perdón, y sé que él lo sabe.








Dedicado a Camila (@owszmpn). Aunque no te lo diga muy seguido, te amo. Y es un honor, ser tu amiga, eu! Me obligó a escribir, cualquier queja sobre el corto a ella. 
Gracias por leer!

No hay comentarios:

Publicar un comentario