sábado, 2 de agosto de 2014

El final nunca es en vano (único capítulo)

¿Cómo pude ser tan imbecil? ¿Qué me pasó? ¿Por qué no me detuve a pensar? ¿Por qué soy tan calentona?.
Estoy casada con Sebastián, hace diez años. Al principio nuestra relación era como la de toda una pareja que se ama. No digo que ahora no lo hagamos, sólo que yo fallé.
Con el tiempo, la rutina se volvió cotidiana, como suele pasar en todo matrimonio. Nuestro día siempre se basaba en lo mismo, levantarnos, desayunar, un piquito y a laburar; él regresaba a casa cerca de las 20hs y yo, 21:30hs, aproximadamente; no nos veíamos nunca, no charlabamos, no teníamos intimidad ¿quién sobrevive sin sexo?, no intento parecer maníanica, pero en serio no soy una psicopata del sexo, solo tengo necesidades como cualquier persona ¿o no?. No me tocaba, casi no me miraba, no me besaba con la pasión que tanto me enamoró en un principio. Ya no nada. Nos encontrabamos en la línea del fin... el fin de todo.
 Yo siempre fuí de las que decía que nunca se iba a casar... Y sin embargo acá estaba, tal y como me lo imaginé... siendo una infeliz de mierda. No niego que lo amo, porque así lo siento, solo... que ya no era lo mismo. 
Miles de preguntas pasaban por mi cabeza ¿Estará con otra? ¿Alguien que le pueda dar un hijo? JAJAJJAJA, Qué ilusa sos, Carina. Una mujer esteril, no es lo que un buen hombre como tu marido, necesita. Y ese pensamiento fue el que me orilló a hacerlo.
Realmente, quise saber que se sentía, qué era sentirse nuevamente deseada por alguien, que alguien quiera poseer mi cuerpo, que me tocara con pasión, que me calentara. ¿Me pueden culpar? QUERÍA SEXO. Y sinceramente nuestro matrimonio carecía de éste. 
Antes de buscar lo que mi marido no estaba dispuesto a darme en otro hombre, comencé a seducirlo, intentaba de alguna manera enamorarlo nuevamente. Vestía ropa ajustada, tacos agujas, me maquillaba, lo invitaba a salir... pero nada funcionaba... nada era lo mismo. 
Así que sin más remedio, le mandé un mensaje a un conocido, al panadero de la vuelta de casa, para ser más precisa, ese hombre en verdad era guapo y estaba dispuesto a vivir una aventura conmigo. 


*Recuerdo*


-Por fin viniste, linda- dijo con esa risa malisiosa que tanto me calentaba.
-Acá estoy y más te conviene que seas bueno eh- dije riendo.
-Te voy a dar todo lo que buscas, princesa- dijo posando sus manos en mi cintura.
-Bien, comencemos, no aguanto más- dije besandolo.
Desesperadamente le bajé el cierre del pantalón y se lo quité, en tan solo un movimiento. 
-Como me calentas, Carina- pronunció ya excitado.
-Callate y activá- dije masajeando su pene.
Fue todo tan rápido. Sus caricias, sus besos, sus mete y saca. ¡Qué buen sexo! ¡Cómo lo necesitaba!. En un abrir y cerrar de ojos, le fuí infiel al hombre que amo.



*Fin del Recuerdo*.



¿Cómo se enteró Sebas? Se lo dije yo.
Sin pedirme explicaciones, me pidió el divorcio. 
No sé como hacer para explicarle que fue esa vez nada más, necesitaba que alguien se sienta atraído por mí, solo que él ya no lo hace y menos aún, lo entiende.


-Bueno, entonces, Carina se queda con la casa y el perro y vos, Sebastián con el departamento de la costa, si?- él asintió- Pueden firmar-prosiguió el abogado.
-Nunca pensé que terminaríamos así, amor- dije con lágrimas en mis ojos.
-¿Por qué siempre haces una catarsis de todo? Firma y dime adiós- dijo frío.
-¿Catarsis? No puedo creer que aún hoy, después de diez años, no me conozcas- dije firmando el maldito papel y marchandome de la oficina.


Caminé con lágrimas en los ojos, sin mirar atrás, ese era el fin... ya nada podía hacer.
La lluvia comenzó a caer, nada importaba ya... estaba tan vacía, mi vida se fue cuando firmé ese papel de mierda, cuando me permití perder al amor de mi vida.
¿Cómo seguía ahora?. Luego de meditar las siguientes quince cuadras, llegué a la conclusión de que yo no me merecía nada de lo que me quedaba, así que le dejaría la casa a Sebas.
Sin más que pensar, me dirigí a ésta a recolectar mis cosas y marcharme, aún no tenía un rumbo previsto, pero luego me ocuparía de eso.
Llegué, visualicé todo por última vez, y corrí a la habitación, mientras más rápido guardaba mis cosas, más rápido saldría de allí.
-No tan rápido, Carina. Tú y yo debemos hablar- escucho por atrás.
-Sebastián ya no somos nada tú y yo, solo quiero salir de aquí- dije con un nudo en la garganta.
-Pero Cari, yo te amo- dijo mirandome tierno.
-¿Amarme? ¿Sebastián me estás cargando?, ¿para qué mierda me pides el divorcio si luego vas a decir semejante estupidez?- dije ya caliente.
-Dejame explicarte- dijo sereno.
-Pues habla, porque quiero salir de aquí ya- dije mirandolo severamente.
-Yo entiendo todo lo que has hecho. Entiendo que hayas necesitado sexo y que como yo no te complacía, tuviste que buscar alguien más; pero no esperes que lo olvide, porque sea como sea, me fuiste infiel, me metiste los cuernos y eso realmente dolió, duele- dijo sincerándose.
-Yo ya no espero nada, debo irme- dije saliendo.
-No quiero que te vayas. No lo permitiré- dijo tomandome del brazo.
-Ya es tarde. Tú y yo, ya no somos nada- dije mirándolo.
-¿Nada?, Cari nosotros nos amamos. Somos los mismos de siempre, solo que un poquito viejos, yo siento todo por lo que has tenido que pasar viviendo conmigo, pero podemos solucionarlo juntos- dijo sonando, suplicante.
-No podemos solucionar absolutamente nada- dije.
-¿Qué te he hecho?- soltó.
-Nada, Sebas. No lo entiendes.
-Explicame, ¿qué fue lo que nos pasó?- dijo triste.
-Yo sé que es porque no puedo darte un niño, siempre fue tu sueño y yo...- me interrumpió.
-No Cari, no pasa por ahí- lo interrumpí.
-No me miras, no me besas, no me seduces, no me enamoras, no me deseas- dije reclamándole.
-Cari yo te amo- dijo tratando de convencerme.
-No lo haces, desde que nos enteramos que era esteril todo cambió entre nosotros. Siempre me culpaste, y yo no soy la culpable... lo deseo tanto como vos, me duele tanto como a vos, sufro como vos, todos los días. Y lo peor es que no puedo refugiarme en vos, porque me odias, me odias por algo que no puedo ser... No puedo ser la madre de tus hijos, no puedo- dije llorando.
-Carina, escúchame- dijo tomando mi cara en sus manos- yo soy el que se culpa diariamente. Sé que te di esperanzas de que serías la madre de mis hijos y fallé, te fallé. Siento que si te toco, te voy a lastimar nuevamente y no es lo que quiero- dijo con infinitas lágrimas
.-Hazme tu mujer, por favor- le supliqué.
Poco a poco fue tomándome en sus brazos, levantó mi remera por mi cabeza, me besó con la pasión que tanto necesitaba, quitó mi pantalón, me sacó las sandalias tan delicadamente, tocó y besó cada parte de mi cuerpo; por mi parte lo atraje hacia mí, lo besé, lo toqué como tanto deseaba, arranqué de la manera más literal, su jean, besé su entrepierna... ¡mmm, qué rico!. Sebastián tiene un aroma tan varonil, su sabor es tan perfecto. En fin, fuí suya, y él, fue mío. Nos pertenecemos.
-¿Era necesario divorciarnos?- pregunté de pronto.
-Nunca olvides, que para comenzar nuevamente, hay que cerrar viejas historias- dijo.
-No comprendo.
Sacó una cajita de la mesa de luz...
-¿Quieres casarte conmigo? No te prometo que seremos felices, o que ya nunca discutiremos. Pero sí te juro, que vamos a tener buen sexo, cuantas veces, quieras por día- dijo chistoso.
-Eres un idiota- dije- acepto. 
-Esta vez solo serás mía. Sin panaderos de por medio- dijo pícaro.
-Ya superalo, Sebas- dije riendo.


Al mes nos casamos, el abogado que nos hizo firmar el divorcio, fue nuestro padrino. Volvimos a empezar, sin desconfianza, ni desamor, ni panaderos, de por medio. Solo fuimos él y yo, para siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario