sábado, 2 de agosto de 2014

Quiero mi final feliz. Capítulo Uno.

Dos almas solitarias, dos personas que no creían en el amor, dos corazones heridos, dos mentes iguales.

Ella, niña de 19 años. Solitaria, bondadosa, generosa, buena amiga, buena hija, aspirante a actriz.

Él, niño de 20 años. Robusto y soberbio. Orgulloso, buen amigo, buen hijo. Estudiante de arquitectura.

Un nuevo día de otoño, se daba a conocer en la localidad de Haedo, Buenos Aires.

El reloj marca las 6:05, luego 6:10, después 6:30, a los pocos minutos se escucha el sonido de la alarma. Sí, eran las 7.

-Ayyyy, dios. Como odio levantarme temprano- anunciaba él algo fastidiado.

La misma hora, diferente casa.

-¡Qué lindo día!- anunciaba ella con el mismo humor de todos los días.
-Ay, Carina, no grites que es temprano- decía algo enojada su madre, desde la otra habitación.
-Perdón, perdón- decía, bajando las escaleras.

Ambos desayunaban lo mismo, mates. Sin conocerse, se conocían tanto. Sin haberse visto, se sueñan, aunque lo nieguen. Sin haberse hablado, saben tanto uno del otro.
Dicen que todos tenemos nuestra media naranja en algún lado, ¿no? Eso era lo que pasaba con ellos. Eran el uno para el otro, pero aún no lo sabían.
Carina tenía una entrevista en media hora. Y él, Pablo, tenía que entrar a trabajar, exactamente en media hora también.
Su rutina era la misma.

*Relata Pablo*
Salí muy de prisa desde mi departamento, ya no tenía tiempo de conseguir un taxi, ni mucho menos, en ir a esperar el bondi. Sin más, agarré mi bicicleta. Tenía media hora, para llegar a destino.
El semaforo, marcó rojo y allí frené.
¿A caso las bicis también deben respetar los semaforos?
Cuando intenté responder mi pregunta, una bella mujer, de pelo corto negro, estaba pasandome.
Algo me dijo que la siga, algo me decía que debía conocerla.

*Relata Carina*
Mi trabajo me demandaba mucho ejercicio. Una buena actriz, no podía ser gorda, no a mis ojos. Pero tampoco, un esqueleto. Simplemente tenía que estar bien. E ir en bicicleta, me facilitaba todo.
Salí de mi casa, algo apurada. Siempre me pasaba lo mismo, me levantaba temprano y luego de dar varias vueltas, llegaba tarde. Cosa que odiaba, porque creo que es algo de mala educación.
Cuando iba por Libertadores, un semáforo se puso en rojo, cosa que ignoré y pasé.

Al pasar, veo ‘estacionado’, a un chico calvo, con grande y lindos ojos, su intención no era seguir. Si contaba con más tiempo, me quedaba con él, pero no.
¡Qué mala suerte tienes, Carina!, pensé.

*Relata Pablo*
-Hola- le dije, siguiéndola.
-¿A caso me sigues?- preguntó algo risueña.
-Oh, perdóname- dije algo colorado.
-Descuida-me contestó, mostrándome su bella sonrisa.
-¿Eres de aquí? ¿De Buenos Aires?- pregunté.
-No, soy de Brasil, he venido desde allá en bici- contestó divertida.
¡Oh, rayos! ¿Quién puede hacer esa pregunta tan ilógica?.
-¿Estás bien?- preguntó con su bella voz.
-Sí, vos?
-Sí, claro. Yo, doblo en la siguiente calle.
-Tambien yo- musité.
-¿A la derecha?- preguntó.
-Sí, vos igual?- dije esperanzado.
-Lamento decirle que no, Romeo- bromeó.
-Reí- Hasta pronto… (me interrumpió)
-Carina.
-Pablo- pronuncié, para luego estrecharle mi mano.
-Un gusto, señor.
-El gusto es mío-dije viéndola alejarse.
(Pedido de Iara Avila)

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